Cada vez más entiendo en qué puedo ayudar a las personas, cada vez lo tengo más claro. La presencia, la escucha y la sensibilidad para detectar lo que te dicen y lo que no. En este momento quiero recoger y analizar todo lo que pasa por delante de mí. Sin embargo, siento que de esa forma tardo más en dar respuesta a las situaciones. A veces, como seres humanos que somos debemos jugar con lo espontáneo, con las intuiciones y sensaciones. Para llegar a ese punto soy consciente de que hay que desconectar la cabeza que nos hace dudar, que nos hace buscar esquemas y estructuras, y conectar con el corazón que de forma fluida y a través de los conocimientos que ya tienes te guía hacia una percepción más sensible y cercana a la realidad. Reniego de lo que me han enseñado en la facultad, a las medidas casi cuánticas y a las investigaciones interminables. Es verdad, que es totalmente necesario, mediante la más pura investigación contribuimos al conocimiento común sobre la educación. A pesar de ello, ahora entiendo que esa no es manera para catalogar a las personas, que las personas son interminables y que nunca una investigación va a reunir todo lo que puede lograr la confianza, el diálogo y la cercanía entre las personas.
El trabajo de todas las personas trabajando con otras personas está en lograr vivenciar el momento que se comparte, captar lo sutil y responder de vuelta. Para ello, necesitamos una base de conocimientos y experiencias que te den la confianza para saber qué pasos dar de forma natural y sencilla. Me he dado cuenta de que a los niños y niñas que veo no les gusta la cara que pongo cuando intento buscar en ellos evidencias, síntomas o indicios. Les gusta mas cuando soy capaz de ver la emoción que están sintiendo y puedo acompañarlos desde el corazón.